Durante una visita que hice a Perú el año pasado, tuve el honor de conocer Melchora Surco, mujer indígena del pueblo andino de Alto Huancané que lleva años luchando por agua limpia para su comunidad.
Melchora tenía 63 años, pero parecía mayor debido al desgaste causado no sólo por problemas de salud provocados por el agua contaminada con metales tóxicos, sino también por su lucha por conseguir que el gobierno peruano detenga la contaminación de la única fuente de agua fresca de su comunidad. Aun así no mostraba ninguna señal de estar cediendo en su empeño, algo que, en un país donde las personas indígenas llevan decenios siendo tratadas como ciudadanos de segunda clase, requiere de tenacidad y valentía ilimitadas. Ahora que llega el final de mis ocho años como secretario general de Amnistía Internacional, es el momento de reflexionar sobre el gran número de activistas que he conocido que, como Melchora, se enfrentan a cualquier obstáculo para hacer rendir cuentas a los poderosos. Estoy totalmente convencido de que el hecho de que sean tan fuertes y tan numerosos es la refutación más clara con que cabe responder a quienes sostienen con escepticismo que los derechos humanos están acabados.
La gente protesta contra el gobierno etíope durante el festival anual de Oromo para celebrar el final de la temporada de lluvias, en Bishoftu el 1 de octubre de 2017. © Zacharias Abubeker/AFP/Getty Images
Es cierto que los derechos humanos están siendo objeto de ataques y que son muy pocos los lideres dispuestos a defenderlos y a ejercer un liderazgo moral en un escenario global cada vez más fragmentado. La retirada de Estados Unidos del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas es el último ejemplo de ello. Es cierto que las Naciones Unidas están en una situación de estancamiento y no pueden garantizar justicia internacional por atrocidades masivas mientras los países ponen sin disimulo sus propios intereses por encima de los principios, ya sea en Myanmar, en Siria o en Gaza. Y es cierto que la represión avanza en países como Turquía, cuyas cárceles acogen a casi la tercera parte de todos los periodistas encarcelados del mundo; Filipinas, donde la terrible “guerra contra las drogas” del presidente Rodrigo Duterte ha matado a miles de personas, y Hungría, donde el gobierno ha lanzado un ataque sin cuartel contra las ONG que ayudan a las personas migrantes. Sin embargo, lamentarse sin más por los derechos humanos no sólo es derrotista, sino también infundado. Aunque este ambiente hostil pone claramente de manifiesto que no podemos dar por sentado ninguno de nuestros derechos humanos, creo que es igualmente evidente que las ansias de justicia de la gente son más fuertes que nunca. Muestra de ello es el inspirador ejemplo del movimiento de adolescentes estadounidenses que organizaron una de las mayores marchas de los últimos tiempos para exigir un control más estricto de las armas tras los disparos contra sus compañeros y compañeras del instituto de Parkland, Florida. Matt Deitsch, uno de los representantes del activismo juvenil que impulsó el movimiento, dijo en una reciente reunión de jóvenes activistas globales convocada por Amnistía Internacional que, aunque su grupo se topa con personas que gastan miles de dólares en desprestigiar su labor, han aprendido a vencer el miedo a alzar la voz: “Si tu agenda es salvar vidas humanas, debes impulsar esa agenda sin parar y no tener miedo, porque defiendes algo bueno”. Es lo mismo por lo que han pasado ya innumerables activistas de todo mundo a pesar de lo mucho que les ha costado en muchos casos.
Mujeres en una manifestación contra la violencia de género en Argentina. © Demian Marchi / Amnistía Internacional Argentina
En contraste con la actual oleada de escepticismo sobre los derechos humanos, yo no he visto más que un anhelo creciente de justicia y de ver que los derechos humanos se hacen efectivos. Sólo el año pasado se unieron a Amnistía Internacional casi medio millón de personas en Egipto, Pakistán y Nigeria. En todo el mundo, personas de todas las condiciones están librando incontables batallas cada día. Personas que pueden perderlo todo alzan la voz contra los abusos y exigen su derecho a vivir con dignidad y seguridad. Al final es ahí, en el ámbito local, donde la batalla por los derechos humanos se libra y se gana. Enfrentada a cambios sin precedentes en todo el mundo, la gente ha mostrado reiteradamente que su deseo de justicia, dignidad e igualdad no desaparecerá. Y esta lucha es una poderosa fuente de esperanza. Este artículo fue publicado originalmente en inglés en la CNN.“Enfrentada a cambios sin precedentes en todo el mundo, la gente ha mostrado reiteradamente que su deseo de justicia, dignidad e igualdad no desaparecerá. Y esta lucha es una poderosa fuente de esperanza.”Salil Shetty, ex secretario de Amnistía Internacional
